El reconocimiento o el largo camino de lo particular a lo universal

Publicado en EDITORIAL

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agenda afroMucha tinta ha corrido en el debate acerca de si debemos o no mencionar la raza. A pesar de que el psicoanálisis tiene más de un siglo vigente, algunos todavía no creen que narrando se puede sanar. Piensan que dejar de mencionar algo, lo hará desaparecer. Como si de prestidigitación se tratase. Como si no hablar de los pobres eliminaría la pobreza y en esa misma lógica, no hablar de la raza eliminaría el racismo, o no hablar del covid-19 eliminaría la pandemia. Inocencia o mala fe, muchas denuncias hemos recibido aquellos que luchamos cotidianamente contra el racismo.

Mirados con sospecha por los marxistas ortodoxos, por aquello de que nombrar la raza desconcentra la clase y divide al proletariado o acusados por parte de los liberales, que consideran que racializamos a individuos que quieren sentirse individuos sin más; y por si fuera poco, en ese fuego cruzado, nunca falta algún negacionista, que ostentando algún cuerpo racializado diga para distanciarse de nosotros (y de su pueblo) que denunciar el racismo es de acomplejados. No nos dejan respirar. 

Así las cosas. Nuestro número de la revista D’Cimarrón 8 intenta saldar cuentas. Por un lado, con la compañía de intelectuales de todo el continente americano, decidimos asumir que la raza debe ser nombrada no para legitimarla o para hacer apología de este concepto surgido para deshumanizar a los cuerpos no blancos, sino como forma de denuncia. Es decir, nombrar la particularidad de ser negro como preludio o antesala política a que seamos todos iguales. Por el otro, esta denuncia busca una reparación a partir del reconocimiento de esta injusta diferencia. No es una paradoja filosófica, es la contradicción misma de nuestros órdenes jurídicos, políticos, económicos, estéticos y culturales. Si no denunciamos a la República como racista, no lograremos el reconocimiento necesario como ciudadano sin más. Que es lo que pretendemos.

Para lograr este objetivo, antes, necesitamos que el Estado peruano haga gala de la justicia histórica que otros países de la región han ejercido, otorgando a las afroperuanas y a los afroperuanos el estatus de pueblo. El significante población, ha intentado despolitizarnos y excluir de la historia peruana la fragua cultural y étnica que hemos aportado a la construcción de esta nación. Refiriéndose a un número injusto que recuerda más a una visión colonial que nos trató como mercancía, que a la reparación histórica que la República está moralmente obligada a otorgarnos por siglos de exclusión. No hay reconocimiento sin restauración. 

Al mismo tiempo, queremos alertar sobre el peligro del esencialismo identitario. Así como la historia del racismo contra los diversos pueblos indígenas o los migrantes chinos en Perú y las consecuencias étnicas y culturales no son las mismas, tampoco son homologables la experiencia de todos los pueblos afrodescendientes del continente. Al movimiento de la negritud en los años 30 del siglo pasado, le costó muy caro quedar entrampado en el nacionalismo negro que excluía otras diversidades mediante el esencialismo afrocéntrico, invirtiendo la falacia racial en la búsqueda de una identidad única de lo negro, en lugar de priorizar su eliminación. Estos excesos nocivos fueron corregidos décadas más tarde por sus propios fundadores. 

De lo que se trata, es de impedir a toda costa que la sociedad condene o privilegie a alguien por su color de piel “blanco o no blanco” o por su origen étnico sea este mapuche, tarahumara, chino o afroperuano. Es por esa razón, que nuestro lugar actual es nombrarnos negros (o afrodescendientes, mulatos, raizales o zambos) para desde allí, reclamar que desaparezca para siempre ese flagelo. 

Si entramos como pueblo, nosotros: negros o negras en este debate, esperamos salir de él simplemente como ciudadanos.

Fotografía: Defensoría del Pueblo.

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