[EDITORIAL] Desigualdad y mujeres afrodescendientes

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El feminismo ha tenido un auge necesario y trascendental en las últimas décadas. La presencia femenina en la esfera pública (gobiernos, medios de comunicación, universidades, tribunales de justicia, etc.) se ha incrementado sin excepciones a lo largo y ancho de América Latina. Sin embargo, la violencia de género, los feminicidios y la autonomía sobre el cuerpo de las mujeres sigue siendo un lugar de disputa.

La República (no la neoliberal a la que ni siquiera le damos importancia en esta editorial) tiene una ceguera con respecto a la igualdad de las mujeres racializadas. Si bien, fue la pionera en el siglo XIX en apoyar la igualdad de la mujer ante la ley y habilitó luego de largas luchas el sufragio femenino en el siglo XX, la deuda sigue sin ser saldada. Está claro que la desigualdad persiste, porque para hacer valer la ley, se debe también vencer a un patriarcado que se superpone a la constitución, a las leyes y a las normas jurídicas. La cultura patriarcal inhibe el pleno ejercicio de esa igualdad de derechos que le otorgan las constituciones (esto alcanza para la constitución de países con sistemas ideológicos tan diferentes como el México de López Obrador o el Chile de Piñera).

A la desigualdad de género hay que sumarle la frontera racial que se ejerce sobre los cuerpos racializados como negros. En esta edición número 10 de D’Cimarrón encontraremos testimonios personales y académicos de mujeres que ostentan este estigma racista construido a través de la historia colonial. Si el cuerpo es territorio como dicen algunos autores, las mujeres afrodescendientes tienen una frontera que las separa de las mujeres blancas. Eso hace que deban luchar por un lado, con su historia de mujer, en la que múltiples inhibiciones y vejaciones están presentes y por el otro, viven la negritud, que es una marca que te sitúa en la historia en el lugar del subalterno, siempre deficitario.

No olvidamos el ejercicio de la sexualidad no hegemónica. Sabemos que una mujer no heteronormada también sufre formas de punición y exclusión social que la mujer heterosexual no, pero podemos asumir un detalle no menor: a diferencia de la intimidad del acto sexual, el color de piel racializado (por más de cinco siglos) y la construcción genérica (que recorre una historia ya milenaria) tiene un peso sobre cada una de las subjetividades que en ocasiones hace la experiencia vital indeseable como consecuencia de la discriminación ejercida por la mirada social.

Sin embargo, las reflexiones y experiencias que encontrarán expuestas en esta edición no son solo evocativas, cada una de las autoras tienen incorporadas los distintos tipos de lucha, resistencia y repertorios de lucha de las mujeres afrodescendientes, en las dos dimensiones mencionadas: como mujeres y como “negras”.

Por último, frente a la avanzada conservadora que vivimos en los últimos años, es fundamental que los movimientos afrodescendientes tomen consciencia de la agenda feminista y que los feminismos racialicen sus programas de lucha para que no se repitan los errores del pasado.

Fotografía: www.mujeresdelsur.org

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