Miércoles, 29 Enero 2020

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La situación política y social que atraviesa América Latina

POLÍTICA

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¿El fin de los modelos? El modelo económico y el de representación política en caída libre

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Por Owan Lay Gonzáles.                                                                                    

owanA propósito de lo que venimos observando en América Latina, es necesario decir que no solo estamos siendo testigos del desgaste del modelo económico en el mundo, sino que estamos observando también cómo el modelo político de la democracia liberal y representativa sigue profundizando su fractura.

Este fenómeno tiene diversas formas de manifestación, como la exacerbada polaridad política, que ha tenido como resultado la elección de Donald Trump, en Estados Unidos; la entrada nuevamente en el escenario, y con mayor potencia, de los partidos ultraconservadores en Europa en países como Austria, Hungría, Polonia e incluso Alemania, en Sudamérica el ingreso al gobierno de Bolsonaro en Brasil; y los intentos de perpetuarse en el poder en países como Venezuela o Bolivia.

Otra forma en la que se expresa este desgaste del modelo de representación política es a través del ausentismo en los momentos electorales (en especial en los países con voto voluntario) por ejemplo en Chile, la elección general del año 2017 contó con un ausentismo mayor al 53% y en las recientes elecciones en Colombia el ausentismos supero el 47%, siendo la cifra más baja desde 1999.   Al mismo tiempo,  también se expresa en la creciente sensación por parte de los ciudadanos a nos sentirse representados por los políticos que ellos eligieron.

Esta situación nos ha traído como consecuencia la aparición de nuevos actores sociales, con liderazgo difuso, pero con capacidad de movilización. Lo vimos en la primavera Árabe, en España y ahora en Chile. Cabe destacar que estos no han desplazado a las organizaciones "clásicas" de movilización social; sino más bien nos han mostrado otras formas de organizarse, reviendo o fortaleciendo la organización de base étnica, como lo sucedido en Ecuador, o de base "cívica" como visto en Bolivia, a través de los “Comités Cívicos”. Lo que tienen en común estos movimientos es que surgen como resultado de la ausencia de partidos políticos, si es que así puede llamárseles.

En suma, estamos siendo testigos de la profundización de la crisis de representación, representatividad y representatividad (crisis multicausal y multinivel), conjuntamente con la del modelo económico, al que no se le realizaron ajustes para reducir brechas de desigualdad.

Hoy nos queda cuestionarnos si esta crisis del modelo económico y del modelo político de representación nos llevará a un cambio en el régimen internacional. La respuesta a esta pregunta dependerá, por un lado, del movimiento pendular típico en el eje de fuerzas en el escenario internacional; y por otro, de la fuerza que pueda imprimir la calle para poner en jaque a quienes hoy ostentan el poder.

El Perú y los síntomas de la crisis

Por su parte el Perú vive sus propios síntomas de la crisis del sistema democrático liberal y representativo.  Esta crisis se viene  gestando desde hace al menos un lustro, pero ha llegado a su etapa cúspide en el presente periodo presidencial.

Cabe recordar que las elecciones del año 2016 entregaron un resultado jamás imaginado, una posición con 73 congresista de 130 y un oficialismo con solo 18 parlamentarios. Estos resultados fueron seguidos de actos poco democráticos. Por ejemplo, se esperó durante meses que la lideresa de la oposición reconozca democráticamente su derrota y salude al hoy renunciante y expresidente Pedro Pablo Kuczynski.

Como era de esperarse, las relaciones entre los poderes legislativo y ejecutivo, desde el inicio del período presidencial, han sido particularmente tensas y cada vez más polarizadas desde la perspectiva política. Los primeros meses del gobierno presenciamos la censura del Ministro de Educación, Jaime Saavedra; luego llegaron 5 interpelaciones y la censura del Gabinete Zavala, a un año dos meses del gobierno. Seis meses después, en el marco de un escenario de confrontación y polarización, el indulto entregado al expresidente Alberto Fujimori y dos intentos de vacancia, el último de ellos tuvo como resultado la renuncia del expresidente Kuczynski, en medio de un escándalo vinculado a la compra de votos para evitarla.  La sucesión constitucional llevó al primer vicepresidente, Martín Vizcarra, a asumir la presidencia de la República.

En la otra acera, el congreso desarrollaba sus acciones desde la perspectiva más “funcional” dejando atrás su responsabilidad de llevar al sistema a mejorar la calidad de la democracia. En tal sentido asistimos a la penosa escena de diatribas injustificadas y la defensa de posiciones discordantes con la realidad, como sucedió por ejemplo con el enfoque de género.

Este comportamiento colectivo, sumado al descrédito que gozan los partidos políticos, aumentaron los niveles de desconfianza y descrédito de dicho poder del estado. Que en agosto de 2019 gozaba de un nivel de aprobación de 7%, según la encuestadora GFK.

Cabe mencionar que la llegada de Martin Vizcarra, no supuso un cambio en la relación ni en la dinámica política, más bien  la relación estuvo basada en el entendimiento de “la política como guerra”. Cuando esta visión impera, solo es posible que ambas partes lleguen a un “empate catastrófico” donde uno de los dos tendrá el privilegio de continuar con vida.

La administración Vizcarra, tuvo  como estrategia -la del manual- la consolidación de la legitimidad del poder a través del “sentir de la calle”.  Ello llevó a tener una escalada verbal del conflicto entre ambos poderes, que tuvieron como resultado la mejora de la popularidad presidencial. Por su lado, los padres de la patria intentaban apagar el fuego con bencina. Las movidas tácticas del ejecutivo se centraron en el envío de reformas de leyes del sistema de justicia, político y de selección de Tribunal Constitucional, que fueron dilatadas o desvirtuadas por el congreso.

El colofón de este periplo catastrófico fue la disolución del congreso de la República, mediante un decreto que hoy debe ser revisado por el Tribunal Constitucional, a fin de analizar su legalidad. Al mismo tiempo, dicho decreto llamó a elecciones parlamentarias para el año 2020. Los nuevos habitantes del palacio legislativo solo ejercerán dicha labor hasta el 28 de julio de 2021.

¿Por qué puede suceder esto en el Perú?

Una de las hipótesis para entender por qué sucede esto en el Perú, puede establecerse a través de la comprensión de la existencia del fenómeno de la informalidad, que se ha convertido en la institución más sólida en el país.

La informalidad como institución permite que los valores se hiperflexibilicen, que las reglas establecidas no se cumplan. Contribuye a la sensación generalizada. ¿El fin de los Modelos?

El modelo económico y el de representación política en caída libre

Otra forma en la que se expresa este desgaste del modelo de representación política es a través del ausentismo en los momentos electorales (en especial en los países con voto voluntario)[b] y en la creciente sensación por parte de los ciudadanos a nos sentirse representados por los políticos que ellos eligieron.[c]

Esta situación nos ha traído como consecuencia la aparición de nuevos actores sociales, con liderazgo difuso pero con capacidad de movilización. Lo vimos en la primavera Árabe, en España y ahora en Chile. Cabe destacar que estos no han desplazado a las organizaciones “clásicas" de movilización social; sino más bien han mostrado nuevas formas. Algunas de base étnica, como lo sucedido en Ecuador, o de base "cívica" como lo vemos en Bolivia. Lo que tienen en común estos movimientos es que surgen como resultado de la ausencia de partidos políticos (si es que así puede llamárseles).[d]

En suma, estamos siendo testigos de la profundización de la crisis de representación, representatividad y representabilidad (crisis multicausal y multinivel), conjuntamente con la del modelo económico, al que no se le realizaron ajustes para reducir brechas de desigualdad.

Hoy nos queda cuestionarnos si esta crisis del modelo económico y del modelo político de representación nos llevarán a un cambio en el régimen internacional. La respuesta a esta pregunta dependerá, por un lado, del movimiento pendular típico en el eje de fuerzas en el escenario internacional; y por otro, de la fuerza que pueda imprimir la calle para poner en jaque a quienes hoy ostentan el poder.

El Perú y los síntomas de la crisis

Por su parte, el Perú vive sus propios síntomas de la crisis del sistema democrático liberal y representativo.  Esta crisis se viene  gestando desde hace al menos un lustro, pero ha llegado a su etapa cúspide en el presente periodo presidencial.

Cabe recordar que las elecciones del año 2016 entregaron un resultado jamás imaginado, una posición con 73 congresista de 130 y un oficializamos [e]como 18 parlamentarios. Estos resultados fueron seguidos de actos poco democráticos. Hasta hoy se espera[f] que la lideresa de la oposición reconozca democráticamente su derrota y salude al renunciante y expresidente Pedro Pablo Kuczynski.

Como era de esperarse, las relaciones legislativo ejecutivo[g] desde el inicio del período presidencial han sido particularmente tensas y cada vez más polarizadas desde la perspectiva política. Los primeros meses del gobierno presenciamos la censura del Ministro de Educación, Jaime Saavedra; luego llegaron 5 interpelaciones y la censura del Gabinete Zavala, a un año dos meses del gobierno. Seis meses después,  en el marco de un escenario de confrontación y polarización, el indulto entregado al Ex presidente Alberto Fujimori y dos intentos de vacancia, se activó la renuncia [h]de el ex presidente Kuczynski. Esta se dio en medio de un escándalo vinculado a la compra de votos para evitarla.  La sucesión constitucional llevó al primer vicepresidente, Martín Vizcarra, a asumir la presidencia de la República.

En la otra acera, el congreso desarrollaba sus acciones desde la perspectiva más “funcional” dejando atrás su responsabilidad de llevar al sistema a mejorar la calidad de la democracia. En tal sentido asistimos a la penosa escena de diatribas injustificadas y la defensa de posiciones discordantes con la realidad, como sucedió por ejemplo con el enfoque de género.

Este comportamiento colectivo, sumado al descrédito que gozan los partidos políticos, aumentaron los niveles de desconfianza y descrédito de dicho poder del estado. Que en agosto de 2019 gozaba de un nivel de aprobación de 7%, según la encuestadora GFK.

Cabe mencionar que la llegada de Martin Vizcarra, no supuso un cambio en la relación ni en la dinámica política, más bien  la relación estuvo basada en el entendimiento de la política como guerra. Cuando esta visión impera, solo es posible que ambas parte lleguen a un “empate catastrófico”  donde uno de los dos tendrá el privilegio de continuar con vida.

La administración Vizcarra tuvo como estrategia -la del manual- la consolidación de la legitimidad del poder a través del “sentir de la calle”. Ello llevó a tener una escalada verbal del conflicto entre ambos poderes, que tuvieron como resultado la mejora de la popularidad presidencial. Por su lado, los padres de la patria intentaban apagar el fuego con bencina. Las movidas tácticas del ejecutivo se centraron en el envío reformas de leyes del sistema de justicia, político y de selección de Tribunal Constitucional, que fueron dilatadas o desvirtuadas por el congreso.

El colofón de este periplo catastrófico fue la disolución del Congreso de la República, mediante un decreto que hoy debe ser revisado por el Tribunal Constitucional, a fin de analizar su legalidad. Al mismo tiempo, dicho decreto llamó a elecciones parlamentarias para el año 2020. Los nuevos habitantes del palacio legislativo sólo ejercerán dicha labor hasta el 28 de julio de 2021.

Puede suceder esto en el Perú

Una de las hipótesis para entender por qué sucede esto en el Perú, puede establecerse a través de la comprensión de la existencia del fenómeno de la informalidad, que se ha convertido en la institución más sólida en el país.

La informalidad como institución permite que los valores se hiperflexibilicen, que las reglas establecidas no se cumplan. Contribuye a la hipersensación[i] del sentido de impunidad, que se hace carne y por supuesto permite que diferentes actores tengan roles más funcionales y que no respeten el espíritu de las normas.

Es así que en los últimos años, hemos visto cómo los actores públicos y privados, bajo el manto de la informalidad han diseñado un esquema que les permite andar al filo de la delgada línea del cumplimiento de la norma. La mayor evidencia de este accionar se ve en el caso de los cuellos blancos de puerto, donde tanto actores públicos como privados hacen componendas para satisfacer sus intereses más particulares.

En el lado del sistema político, hemos visto que tanto el ejecutivo como el legislativo han caminado bajo el manto de la informalidad, diseñando un esquema de acción de la política como guerra y desarrollar roles funcionales, que no responde al espíritu de la democracia, ergo, no buscan la mejora de su calidad.

Finalmente, estos síntomas del desgaste del sistema político, bajo el esquema de la democracia liberal y representativa, que ha decantado en unas nuevas elecciones legislativas, puede ser  la oportunidad para recomponer el sistema y mirar un nuevo futuro. Esperemos que esta no sea otra oportunidad perdida, como lo ha sido la de acuerdo nacional. 

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