Martes, 02 Junio 2020

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COVID-19: Racismo, clasismo y pobreza 

POLÍTICA

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La misoginia, la esclavitud, la discriminación, el feminicidio y la violencia doméstica, caras de una sola realidad

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Por Evelyne Laurent-Perrault (Venezuela).

Evelyne Laurent PerraultLa llegada de la pandemia, así como la cuarentena que nos exige mantenernos en casa están evidenciando los peligros que representan las pandemias sociales generadas por las estructuras patriarcales de poder. Tal vez una de las mas horrendas ha sido el recrudecimiento de la violencia doméstica, incluyendo el incesto contra mujeres y niñ@s, secuelas de siglos y siglos de desprecio por la mujer y los grupos más vulnerables como son niños y ancianos.

La autora Jessica Elbert Decker describe cómo el miedo y desprecio de los hombres hacia la capacidad reproductiva de la mujer y sobre todo el miedo ante el poder y la intensidad de su sexualidad eran elementos centrales de los mitos griegos. Los arquetipos masculinos eran concebidos como los portadores del conocimiento, la tecnología y las ideas creativas, mientras que las mujeres, la reproducción y la “incontrolable” y “nefasta” sexualidad femenina eran descritas por los hombres como caóticas y problemáticas, necesitados de control masculino. Esta autora nota cómo el miedo de Zeus a lo impredecible e incontrolable de la mujer o la posibilidad de que ésta o sus hijas/os pudiesen derrocar su poder, fue una de las razones por la que éste se tragó a su segunda esposa Metis (diosa de la astucia y la autonomía) cuando ella ya estaba embarazada de Atenea. Zeus creyó que con eso detendría el embarazo, pero la gestación continuó hasta causarle fuertes dolores de cabeza. Cuando Zeus ya no aguantaba el dolor, le pidió a Hefesto, el herrero que fuese su “comadrona” y le partiera la cabeza, dando nacimiento a Atenea, diosa asexual, perpetuamente virgen y “bajo control”. La autora Elbert Decker alude que de esta forma Zeus tomó control de la mujer y su autonomía y argumenta que el dolor y el nacimiento de Atenea le permitió simbólicamente apropiarse del acto de dar a luz, de paso asistido por un hombre herrero y no por una mujer, como era la práctica del momento, estableciendo simbólicamente a la mujer como ser desechable base de la misoginia.

Consideramos relevante señalar que además de los miedos albergados por Zeus contra la mujer, reside tal vez el temor universal a la vulnerabilidad, percibida en nuestras sociedades occidentalizadas como debilidad y femenino, en vez de ser considerada como la verdadera valentía. Siglos mas tarde sabemos cómo Europa condenó miles de mujeres a la hoguera, nuevamente por miedo a sus poderes espirituales y cómo siglos mas tardes la ansiedades de las masculinidades eurocéntricas buscaron confinar a la mujer “decente” en la domesticidad, so pena de castigo público a las que optaran por otro estilo de vida.

Vemos así cómo a partir del choque o encontronazo de 1492, la expansión europea buscó implantar y sumar su modelo al resto del mundo, condicionándonos a percibir la masculinidad patriarcal como eje central de las dinámicas sociales, económicas y políticas. Sin bien es cierto que casi todas las sociedades poseen mitologías con elementos patriarcales, el establecimiento del catolicismo en el continente americano contribuyó a institucionalizar lo masculino eurocéntrico como fuerza y poder, mientras que dichos preceptos religiosos fabularon la narrativa de lo femenino como débil, cobarde, e incapaz. De allí que la mujer pasó a ser vista como carente de intelecto y de la facultad de autogestionarse y por ende una dependiente de lo masculino asumido como “sabio”. Este proceso conllevó no sólo a la exclusión de mujeres teólogas de los debates del principio del cristianismo, sino a la sobrevaloración del arquetipo de la Atenea asexual, reflejado en la virgen María y de la sumisión de la mujer ante el hombre, como hija, hermana y sobre todo bajo la bendición del sacramento del matrimonio.

Es importante señalar que fue este mismo proceso de evangelización católica que justificó y apoyó la evangelización-esclavización de “infieles” “bozales” african@s primero en la península ibérica y luego en el continente americano, entre los siglos XV y XIX y a partir de la conferencia de Berlín (1884-85) en su propio continente. Estos procesos necesitaron “infantilizar” y “feminizar” a los hombres africanos, castrándolos simbólica y literalmente, con el fin de privarlos de su asumida hipersexualidad descontrolada e impedir que compitiera contra la sexualidad masculina europea. Por su parte, dichas narrativas deshonraron y demonizaron a las mujeres africanas, para subrayar igualmente su hipersexualidad, así como su incapacidad de sentir dolor y mucho menos amor materno. Finalmente, estas narrativas establecerían la idea de que estas mujeres no merecían ser protegidas, sino usadas y abusadas por sus dueños y todos los que así lo quisieran. Por su parte, las mujeres indígenas no lograron escapar del abuso.

Y es dentro de este contexto histórico y sus secuelas que hoy vivimos atrapados en relaciones de poder que celebran lo patriarcal, masculino, militarizado y macho mientras despreciamos lo que hemos mal internalizado como femenino, vulnerable como si fueran sinónimos de debilidad. Percepciones que cultivan y mantienen el flagelo de “macho” y la violencia doméstica, en todo su rango. Y si bien es cierto que esto afecta a todas las mujeres, considero importante señalar que, debido a dicha historia, el abuso tiende a ser mayor contra las mujeres afrodescendientes y las indígenas.

La cuarentena establecida a nivel mundial ha exacerbado la pandemia de la violencia doméstica y el incesto, los que probablemente causará daños graves y hasta muertes a demasiados. Si bien es cierto que el hombre no es siempre el abusador, la idea del “hombre de la casa” conlleva en muchas relaciones heterosexuales a que este sea visto como “el que lleva los pantalones en la casa” y por ende asuma el derecho de descargar sus frustraciones contra el resto del núcleo familiar. Las parejas gays, lesbianas y trans tampoco se escapan de estas dinámicas de poder en donde por lo general uno de los individuos asume con frecuencia el rol patriarcal, abusando también de su pareja y demás miembros familiares. 

Llama la atención cómo las organizaciones que ofrecen apoyo a sobrevivientes de violencia doméstica se han visto en la necesidad de aumentar su publicidad y estrategias de alcance e intervención, dado el aumento de en su mayoría contra mujeres y niñ@s expuestos a ser abusados y violentados en sus propios hogares. Es importante señalar que por lo general el abusador repite patrones aprendidos y por lo tanto también puede olvidar y aprender a vivir interpretaciones mas sanas de la masculinidad y el respeto por tod@s. 

Perdí la cuenta del número de links, chistes, quejas, parodias y varios mensajes positivos que he recibido desde que empezó la cuarentena, sin embargo, no he visto ninguno abordando el tema de la violencia doméstica. Muy tristemente, asumimos con frecuencia que el problema es de otros. Tal vez sea el momento de no sólo reflexionar sino de invadir las redes denunciando la complicidad de la misoginia, el patriarcado, la esclavitud y la discriminación con la violencia doméstica, el incesto, y el feminicidio, como manifestaciones de una falsa y cobarde masculinidad que abusa en vez de proteger. Por un mundo más equitativo y justo con tod@s.

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