Martes, 14 Julio 2020

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RACISMO: La pandemia más larga de la historia

Opiniones del Palenque infantil

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POLÍTICA

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¡Tu solidaridad no basta!

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Por Yobani Maikel Gonzales Jauregui (Perú).

yobany“No puedo respirar”, clamaba George Floyd antes de ser asesinado por Derek Chauvin, el oficial que empleó toda la violencia de una sociedad racista y excluyente contra el cuerpo de un negro que estaba indefenso y tendido en el piso. Esas rodillas blancas que cegaron la vida de George representan la opresión diaria a la que se enfrenta la población afrodescendiente en todo el mundo, porque el racismo no es monopolio de los Estados Unidos, este se ve a diario, es el pan de cada día de nuestras sociedades. Las formas varían de acuerdo a los espacios, pero el resultado es el mismo: muerte, exclusión, violencia real y simbólica sobre cuerpos negros. 

En septiembre del 2019, una niña afrodescendiente de ocho años fue asesinada por una bala de fusil disparada por la policía. ¿Su delito? Vivir en una favela donde la pobreza y exclusión tienen su color de piel. Así también sucedió con otro niño de catorce años, que fue asesinado por los proyectiles de la policía, la cual buscaba a traficantes en la favela donde el adolescente vivía. João Pedro fue llevado por sus asesinos y durante diecisiete horas no se supo nada de él. La familia buscaba desesperada noticias del niño cuando recibieron una llamada que les informaba que su hijo estaba en el Instituto de Medicina Legal. 

El padre de Joao Pedro señala que su hijo quería ser abogado. Era estudioso y cariñoso, pero una bala que fue disparada por “agentes del orden” terminó con sus sueños y los de su familia. Tres historias de tragedia, pero que son cotidianas para los afrodescendentes: sus hijos, padres, tíos, hermanas, quienes son muertos diariamente. Por eso, que la solidaridad no basta; las notas de repudio no reemplazan el dolor de las familias. George, Agatha y Joao Pedro no pueden ser una estadística. ¿Cuántos más tienen que morir? ¿Cuál es la respuesta de los Estados ante esta crueldad sistemática? Represión e invisibilización. A esto se suma el reforzamiento de estereotipos sobre la población afrodescendiente como violentos y poco apegados al orden y la ley. 

Sin duda que estas campañas han tenido y tienen éxito. Para muchas personas no existe el racismo; las muertes de los afrodescendientes son hechos aislados y no una práctica sistemática. ¡Claro que no! Esos cuerpos tenían nombres y familias, sueños e ideales que fueron silenciados con rodillas, balas, cárceles, etc. Hace muchos años, cuando aún cursaba el pregrado, invité a una colega a dictar una charla a mi universidad. Fui a recogerla como habíamos acordado, pero llegué minutos antes. Decidí esperar que fuera la hora indicada para tocar el intercomunicador. Grande fue mi sorpresa cuando del segundo piso de una casa vecina, una señora empezó a tomarme fotos, mientras me preguntaba a quién buscaba. Hasta ese momento, parafraseando a Victoria Santa Cruz, no había tomado conciencia de lo que significaba tener la piel oscura. Fue un golpe al corazón. Ese episodio me hizo conocer una realidad que posteriormente se hizo cotidiana. 

Años después, me invitaron a almorzar a un restaurante en el centro de Lima; estaba feliz porque me encontraría con un amigo muy querido. Cuando ni bien entré, el mesero me agarró de la camiseta con tanta fuerza que casi termino en el piso. No me preguntó nada, yo era un sospechoso para él, ¿de qué o por qué? Solo era por mi color de piel. Así me volvió a pasar en un supermercado unos años después, cuando el sujeto de seguridad insistió en que buscara el recibo de pago de la comida que había consumido, sabiendo que nunca te dan los alimentos sino pagas antes. Esa vez decidí no quedarme callado, le dije en tono enérgico: “¿Cuál es tu problema? ¿Es mi color de piel? Estoy frente a un racista, que cree que no puedo tener dinero para pagar la comida”. Le exigí que llamara a su supervisor, que revisara sus malditas cámaras, pero que no le iba a permitir un abuso de esa naturaleza. 

Un amigo me dijo que estaba haciendo un escándalo innecesario. “Bueno” – le dije – “de ti no están dudando, a ti no te está señalando como un ladrón. Tú no vives estas formas violentas; esta exclusión diária”. Por esos hechos mi interés en visibilizar a la población afrodescendiente como sujetos históricos se fortaleció. En la actualidad, me rebela permanentemente la actitud complaciente de muchos sectores de la población, la de muchos académicos que solo les interesa realizar investigaciones sin conexiones con el presente. Considero que un investigador de lo afrodescendiente también tiene que ser un activista, pues la violencia no ha cesado; la exclusión está presente; el Estado reprime e invisibiliza las demandas de los afrodescendientes. 

Hace algunos días el Ministerio de Cultura lanzó una campaña vía redes sociales donde exhortaba a la población afrodescendiente a cuidarse para evitar el contagio del COVID-19. Le llovieron un sinfín de críticas, lo que demuestra una total ignorancia de tirios y troyanos porque es real que los afrodescendientes están más propensos a enfermedades como la diabetes o hipertensión. Por lo tanto, la orientación del Mincult era importante. Pero los racistas de siempre articularon argumentos torpes, afirmando que eso debería ser para todos por igual, que era puro racismo realizar una orientación para unos y para otros no. Señores, a nosotros el Estado nos brinda una publicación en redes sociales y su exclusión permanente, porque al no existir políticas públicas en salud y educación para los afrodescendientes, ese mensaje del ministerio es un saludo a la bandera.

No dudo de las buenas intenciones de las personas involucradas en este tema, pero ya no alcanza, son diez años de la creación del Ministerio de Cultura, y conversatorios, consultorías, evaluaciones y publicaciones pueden indicar cierto camino para visibilizar a los afrodescendientes. Pero lo que se necesita son políticas públicas concretas, niveles de acción y de coordinación gubernamental, porque el negar el problema, el no hacer nada por la pobreza en la que viven muchos grupos de afrodescendientes es otra forma de eliminarlos, de condenarlos al círculo vicioso de pobreza, robo y cárcel.

Ya tenemos un mapa tanto de la población afroperuana como de la pobreza y, sin duda alguna, son similares: donde hay pobreza y exclusión hay afroperuanos. Esto debería ser el punto inicial para aplicar políticas públicas, focalizarlas y ver su desarrollo y evolución. Ya basta de exclusión, racismo e invisibilización. Es hora de actuar. Es el momento de levantar la voz, de protestar. Por eso muchos han salido a marchar en los Estados Unidos. Se cansaron de que después de quinientos años las cosas no hayan mejorado para los afrodescendientes. Leo que muchos se indignan por el “vandalismo”. Señores, las casas se pueden arreglar, las vidas no. George Floyd, Agatha y Joao Pedro no volverán. No confundan la reacción del oprimido con la violencia desplegada por los opresores.

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