Prejuicio, racismo, violencia y abuso policíaco

Publicado en SECCIÓN POLÍTICA D´CIMARRÓN 7

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Por Evelyne Laurent-Perrault (Venezuela).

Evelyne Laurent PerraultMe siento a escribir estas palabras mientras escucho la música que acompaña al funeral de George Floyd, asesinado por el policía Derek Chauvin en la ciudad de Minneapolis-Minnesota. Chauvin asfixió a Floyd porque se sintió en derecho de hacerlo. Ni Chauvin, ni sus compañeros se detuvieron a pesar de que muchas personas les pidieron que se detuviera. Peor aún, ante el video, la única respuesta de las autoridades fue la de despedir a los policías, desconsiderando nuevamente el valor de la vida de un hombre afroamericano. ¿Cuándo empezó Chauvin a pensar que Floyd y los otros a los que ya había asesinado eran criminales? ¿Cómo romper con esta espiral macabra e histórica de violencia explícita, implícita y racista?

La actuación de Chauvin responde y forma parte de las dinámicas históricas de poder y de las narrativas de los procesos racializadores establecidos a través de los últimos cuatro siglos, por la supremacía patriarcal-blanca, de la élite. Durante la colonia, las autoridades, la Iglesia y los dueños de esclavos crearon leyes y narrativas constituyentes de uno de los pilares centrales de los proyectos coloniales del continente americano y del mundo atlántico. Las autoridades esperaban que individuos esclavizados aceptaran la sumisión y fuesen abnegados y amorosos con sus dueños. Las y los africanos y afrodescendientes que trataron de recobrar su dignidad y la libertad fueron conceptualizados como criminales a los cuales había que perseguir, arrestar y castigar. El sistema carcelario en el hemisferio americano representa una de las respuestas para someter la “altivez” de aquellos individuos.

Es importante subrayar que la incesante negociación presentada por esclavizados y libres fue lo que conllevó a las sucesivas aboliciones de la esclavitud que se dieron durante el siglo XIX, en el continente americano. Lamentablemente, la falta de mecanismos abocados a la restitución de las dignidades violadas durante la colonia, conllevaron a tres graves consecuencias de orden regional e internacional. En primer lugar, no eliminó las narrativas de criminalidad, holgazanería, hipersexualidad e inmoralidad asociadas a los descendientes de africanos. En segundo plano, contribuyó al rechazo y sabotaje de la República de Haití, su rol central dentro de los procesos democráticos y su simbolismo en torno al orgullo Negro-afro-descendiente. Y por último hizo que la mayor parte de la región fuese cómplice ante la arremetida del colonialismo europeo en el continente africano.

Y es así cómo a pesar de los muchos cambios y mejoras, las estructuras y dinámicas de poder, que definen el acceso de los ciudadanos a educación, salud y vivienda adecuada siguieron condicionadas por las narrativas conscientes y sobre todo subconscientes que siguen definiendo a los individuos que viven en cuerpos racializados. Mientras en América Latina, uno de los mayores problemas de las comunidades afrodescendientes-Negras es la invisibilidad, en los Estados Unidos, parte del “problema” para la supremacía blanca reside en la cohesión, visibilidad y logros de la comunidad africano-americana.

Tras las campañas abolicionistas llevadas a cabo por individuos como: Sojourner Thruth, Harriet Tubman, Frederick Douglass, entre muchos otros, más cuatro años de Guerra Civil (1861-1865) que amenazaban con dividir a la nación, el presidente Abraham Lincoln se vio en la necesidad de abolir la esclavitud en 1865. Cerca de cuatro millones de esclavizados finalmente comenzaron a ser dueños de sus destinos. Ya para 1870, cinco años después de la abolición, 15% de los representantes políticos de los estados del Sur eran africano-americanos, lo que se tradujo en escolaridad, vivienda y salud. Los blancos terratenientes y antiguos esclavizadores no podían tolerar que sus exesclavizados se convirtieran en sus líderes políticos. Asustados y renuentes a abandonar sus privilegios de supremacía blanca sembraron olas de terror, manipularon leyes y políticos hasta que destruyeron los avances del proceso conocido como Reconstruction. Entre sus armas usaron el teatro, el cine, la prensa, reiterando las narrativas que describían a la comunidad africano-americana como incapaz, infantil, perezosa, violenta, depredadora sexual y criminal. Tal vez una de las armas más potentes fue el humor racista, que con actores blancos con caras pintadas de negro ridiculizaban a individuos afrodescendientes. Para 1877, la comunidad africano-americana había perdido gran parte de sus derechos ciudadanos. Realidad que quedó sellada en 1896 con las leyes segregacionistas conocidas bajo el nombre de Jim Crow.

Durante las primeras décadas del siglo XX, la comunidad africano-americana no dejó de seguir luchando por sus derechos. Pero ante el nivel de violencia, las denuncias y demandas se hicieron cada vez más fuertes. Una de las primeras victorias la obtuvo el abogado Thurgood Marshall, en el año 1954, cuando logró repeler la segregación en las instituciones educacionales. Tras una década de demandas, activistas, intelectuales, escritores, líderes religiosos tales como: Medgar Evers, Rosa Parks, Martin Luther King Jr., Malcolm X, James Baldwin y Maya Angelou entre muchos otros lograron que en 1964 la presidencia aboliera la segregación racial y que años más tarde esta estableciera políticas de Acción Afirmativa diseñadas para garantizar el acceso de grupos tradicionalmente excluidos.

Muchos lograron un nivel de clase media, unos pocos hasta se hicieron millonarios. Y aun cuando hubo unos gestos de acceso a vivienda, escolaridad, estos alcanzaron a pocos. La ausencia de un proceso de reeducación contra el sentimiento antinegro y las fracturas causadas por los excesos del capitalismo y la implementación de políticas neoliberales conllevó a que muchos “blancos” se sintieran y se sigan sintiendo desplazados. Dichas políticas eliminaron los presupuestos de las escuelas, los servicios de salud y la vivienda en las ciudades con mayorías africano-americanas y latinas, generando una pobreza urbana profunda. Las frustraciones ante estas realidades coincidieron con la llegada de las drogas, en especial el crack (derivado de la cocaína), especialmente a las comunidades africano-americanas. En vez de articular políticas de servicios e infraestructura el gobierno optó por reciclar las narrativas de criminalidad del latino, pero sobre todo del africano-americano. Y a pesar de que las drogas circulan y se venden más en los espacios leídos como blancos, la legislación racializada, a partir de los años ochenta, atiborró las cárceles estadounidenses, de hombres y mujeres africano-americanos y latinos. La antropóloga Rita Segato sostiene que un fenómeno similar ha estado ocurriendo en América Latina.

Los casos de abuso policíaco no son nuevos, lo único nuevo es la tecnología que le permite a muchos filmar y propagar lo filmado. Esto ha hecho que desde hace tres décadas muchas de las madres y familiares hayan logrado reclamar estos abusos, sin embargo, la gran mayoría de estos policías han eludido a la justicia y la impunidad ha creado una sensación de ultraje indescriptible.

El movimiento actual está pidiendo desde reducir el presupuesto de la policía y otorgárselo a las escuelas públicas, servicios de salud y vivienda digna, hasta eliminar y reconstituir las fuerzas de seguridad. Considero necesario además que se supervisen los mensajes subliminales de los sistemas de educación, junto con sus textos escolares y sobre todo de los medios de comunicación que siguen reiterando las narrativas opresoras de los grupos afrodescendientes tanto en los Estados Unidos, como en el resto del mundo.

1 Alexander, Michelle, The New Jim Crow; Mass Incarceration in the Age of Colorblindness (New York, NY: The New
Press, 2010).
2 Rita Laura Segato, “El color de la cárcel en América Latina. Apuntes sobre la colonialidad de la justicia en un
continente en desconstrucción,” Nueva Sociedad 208 (March 2007): 142–161.

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