I Can’t Breathe: 400 años de injusticia estructural

Publicado en SECCIÓN POLÍTICA D´CIMARRÓN 7

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Change is gonna come (Sam Cooke)

Por M´bare N´gom Faye (Estados Unidos).

NbareEl pasado 25 de mayo, coincidiendo con el “Memorial Day”, uno de los días feriados más importantes del país porque es la celebración  y reconocimiento de los caídos por la patria, los ciudadanos de Estados Unidos y de otros lugares del mundo asistieron con horror a la muerte “en vivo”  o mejor dicho al asesinato del señor George Floyd, un ciudadano estadounidense, en manos del agente de policía Derek Chauvin. El señor Floyd, un afroestadounidense de 46 años, era residente de la ciudad de Minneapolis en el estado de Minnesota. Padre con cinco hijos/as. El mundo entero fue testigo de las espeluznantes imágenes del señor Floyd quien, bocabajo en el asfalto con el agente Chauvin hincándole la rodilla en el cuello con todo su peso, mientras aquel con voz casi inaudible rogaba: “I can’t breathe” (no puedo respirar), perdió la vida.  Ese ruego se convertiría en el doloroso grito de protesta y de denuncia de las movilizaciones ciudadanas que invadieron las calles, plazas y parques estadounidenses y del mundo. “I can’t breathe” también fueron las últimas palabras que pronunció el señor Eric Garner en el 2014 cuando, por vender cigarros en la calle, fue detenido por cinco policías que lo inmovilizaron presionándole la cara contra la acera sucia de una calle de Staten Island, Nueva York. Asfixiándolo hasta la muerte. Y los policías fueron absueltos por la justicia.

En el caso del señor Floyd, la crónica de su muerte en directo o en vivo fue posible gracias a la presencia de espíritu de una joven de 17 años llamada Darnella Frazer quien increpaba a los policías mientras grababa la escena de la muerte cruel de George Floyd. Desde entonces, han salido a la luz unos 600 videos documentando los abusos policiales contra ciudadanos y ciudadanas africanos americanos, nativos americanos y latinos/hispanos.

La muerte del señor Floyd ha dado nacimiento a la formación de una amplia y diversa coalición de actores sociales, y a la articulación de un movimiento de solidaridad y de protesta masiva a nivel nacional y transnacional contra la brutalidad policial, el racismo y otras formas de discriminación y de opresión contra los llamados grupos minoritarios. Lideradas por el movimiento Black Lives Matter (BLM), las movilizaciones han llegado a más de 300 ciudades estadounidenses y 700 ciudades a nivel mundial (a la hora de redactar este trabajo). Es un movimiento que no tiene parangón en la historia reciente del país por la rapidez de su expansión, la diversidad de sus protagonistas, su carácter transnacional y global al llegar a casi todos los continentes y por su duración, casi tres semanas hasta la fecha. Si bien la lucha de reivindicación por los derechos civiles tuvo un gran seguimiento en EE.UU. y recibió apoyos simbólicos en algunas partes del mundo, no llegó a tener el alcance activo de este. La  reacción provocada por la muerte del señor Floyd solo fue la gota que hizo rebasar el vaso. Fue el resultado de lo que el Profesor William Darity, de Duke University, llama   “(…) the cumulative impact of America’s racial history”, (el impacto cumulativo de la historia racial de EE.UU.), es decir, un proceso de opresión sistémica que es el legado de una cultura racista y orgánica que arranca de la época de esclavización de los descendientes de africanos y que EE.UU., una de las cunas de la democracia heredó e incorporó entre sus prácticas institucionales y cotidianas. Por lo tanto, el dramático evento del pasado 25 de mayo no fue un incidente aislado sino que forma parte de una narrativa de violencia institucional e institucionalizada contra la población de ascendencia africana con un enfoque particular en el segmento masculino. Según la revista Time Magazine, en EE.UU., cada dos días, un joven africano-americano muere a manos de la Policía (Num.22, junio 2020). A ello se suman carencias notables y esenciales tales como la falta de acceso a servicios esenciales como la salud, el sistema educativo, una vivienda digna y al empleo sostenible entre otros factores adversos. La población africana americana representa el 13% de la población de EE.UU., y es uno de los grupos más afectados por la pandemia del COVID-19; 22% de los contagiados y 23% de las muertes; 44% han perdido su empleo a causa de la pandemia y 73% no tiene recursos para cubrir gastos necesarios (Pew Research Center 2020).  Es decir, en palabras de una de las participantes en las manifestaciones en Brooklyn, NY, el pasado 29 de mayo, “Si no nos mata el COVID-19, nos mata la Policía o nos mata la economía” (Time Magazine, num.22, junio 2020). Este es el contexto en el que se sitúa el movimiento de protesta actual. 

La muerte de George Floyd fue precedida de otros actos de violencia policial puntuales contra la población africana americana. Las víctimas eran jóvenes  hombres y mujeres africanos americanos trabajadores y algunos/as con familia como  Breonna Taylor,  en Louisville, Kentucky (13 de marzo 2020),  en su propia casa; Ahmaud Arbery en Brunswick, Georgia (febrero 2020), abatido por un policía en retiro y su hijo cuando hacia jogging; Aitatiana Jefferson, en Fort Worth, Texas (octubre 2019) en su propia casa; Sean Reed, en Indianapolis (6 de mayo 2020); Tony McDade en Tallahassee, Florida (27 de mayo 2020), en la calle cuando regresaba a su domicilio, y más recientemente, Rayshard Brooks en Atlanta, Georgia (12 de Junio 2020), en el aparcamiento (parqueo) de un restaurante de comida rápida. La movilización de diversos actores sociales estadounidenses y de otros lugares del mundo aglutinados entorno al grito reivindicativo de “I can’t breathe” o hincar una rodilla en público, pero no esa rodilla asesina hincada en el cuello del señor Floyd asfixiándolo hasta acabar con su vida, sino como lo hiciera el jugador de futbol americano Colin Kaepernick antes de cada partido/juego de futbol. Esa valiente actitud acabó con su prometedora  carrera deportiva. Esas son algunas de las expresiones de ese gran movimiento los poderosos símbolos expresivos de ese gran movimiento de protesta y de denuncia contra la injusticia estructural o “Injusticia contemporánea” (Melissa Williams) que ha imperado en EE.UU. a lo largo de estos 400 años. Son expresiones cívicas  con un carácter  pluricultural, pluriétnico, plurilingüe, multigeneracional y transnacional que reclama el cese de la violencia institucional e institucionalizada en sus diferentes formas y variantes, contra los llamados grupos minoritarios así como el acceso a  un espacio de expresión abierto e incluyente y el “derecho a tener derechos” (Evalina Dagnino, 2006). Busca la articulación de una nueva pedagogía política y social y cultural que rechace y destierre el racismo, la intolerancia y la perspectiva monolítica de la sociedad que ha imperado tanto en EE.UU. como en otros lugares del mundo occidental. En otras palabras,  la muerte de George Floyd, ha creado una narrativa alternativa contra la intolerancia y la violencia social, histórica e institucional: el discurso del rescate de la memoria del trauma, del dolor, de la humillación y del ninguneo que fue la esclavización de africanos y su subyugación durante más de 500 años en las Américas, el colonialismo con su estructura de opresión y de deshumanización y humillación histórica. Se puede hablar de una propuesta  global articulada entorno a una pedagogía de la compasión, de la solidaridad y de la tolerancia. En Europa, por citar un ejemplo, las protestas, además de sacar a la luz pública el racismo imperante, pero negado, la discriminación y la brutalidad policial en algunos casos, ha rescatado la memoria del dolor asociada con la opresión de los pueblos otrora colonizados en nombre de una supuesta “misión civilizadora”,  tras la cual se escudaba el discurso colonial europeo. En este sentido, se ha reclamado la retirada de monumentos, estatuas y otros símbolos erigidos en reconocimiento de los llamados “héroes de la patria” cuyas acciones han estado íntimamente ligadas a la opresión y subyugación de los llamados “pueblos no-hegemónicos”. En EE.UU., esas acciones han llevado al retiro o derribo, según el caso, de estatuas y otros símbolos históricos recordando la figura de personajes asociados con periodos dolorosos y traumáticos de la historia del país: la guerra civil, la esclavización de africanos, el linchamiento de los negros, la masacre de nativos americanos y la discriminación contra otros grupos minoritarios en los espacios públicos e institucionales de transacción. El cuerpo de los Marines del ejército de tierra y de la marina de guerra de las fuerzas armadas de EE.UU. ha decidido retirar la bandera de la Confederación y todo lo asociado a ella por ser símbolo de la supremacía blanca, de racismo y del “nacionalismo blanco”. En muchas universidades privadas y públicas estadounidenses han aumentado las peticiones firmadas por estudiantes, profesores y el personal no docente para que se corten o limiten los lazos con la Policía.

También han pedido que se retiren de sus campus todos los símbolos físicos u onomásticos de individuos u organizaciones relacionados con la opresión de pueblos o grupos. En Francia, Gran Bretaña, Canadá y en algunos países africanos, África del Sur, Etiopia, Ghana, Tanzania y Uganda, por citar unos cuantos, han habido reclamos para que se cambien de los edificios, de calles, plazas y lugares públicos los nombres de personajes “ilustres”, “históricos” y/o benefactores involucrados y/o asociados directa o indirectamente con la esclavización de africanos, la colonización, el genocidio de los nativos americanos y la discriminación bajo todas sus formas, así como la eliminación de otros símbolos con las mismas connotaciones y conexiones. Ese movimiento de protesta y solidaridad ha conseguido aglutinar la participación de grandes entidades empresariales nacionales y globales (IBM, Pepsico, Nike, Ben &Jerry, Walmart, Sephora, HBO, Netflix, GM) para que se unan a la campaña liderada por Black Lives Matter. Por otro lado, grandes organizaciones benéficas como Rockefeller Foundation, McKnight Foundation, The Obama Foundation y Ford Foundation, por citar unas pocas, se han pronunciado de forma contundente contra la “Racial Disparity” (según Rockefeller Foundation). Dentro de ese marco, es preciso resaltar que la Modern Language Association of America (MLA), una de las mayores organizaciones de profesores universitarios del mundo ha hecho un pronunciamiento oficial contra el racismo y la discriminación bajo todas sus formas,

En palabras de Gianna Floyd, la hija de George Floyd de 6 años, “My daddy changed the world” (mi papi cambió el mundo). ¡Y nunca mejor dicho! Es cierto que la horrible y dolorosa muerte de George Floyd cambió el mundo al dar nacimiento a una coalición nacional, multinacional, transnacional, inter/multigeneracional y pluriétnica. Y lo más importante que es menester resaltar es que la locomotora de ese cambio y de esa coalición global por el cambio y la justicia es la llamada generación Z. 

Y como reza la canción de Sam Cooke, Change is gonna come.

 1. Kaepernick fue despedido por el equipo de San Franciscico 49 ers y  boicoteado por todos los otros equipos de futbol y no juega desde la temporada de 2016.

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