Nicomedes Santa Cruz Aparicio

Publicado en Edición Especial

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Aportes hacia la reformulación de su perfil

Octavio Santa Cruz Urquieta (Perú)

Debo decir aquí, que escribo porque hay situaciones que tienen que quedar registradas. De no ser así estaría sin duda haciendo otras cosas, aquellas que desde mi primera juventud elegí, inclusive como profesión. 

Sin embargo, son ya varias las veces en que hablo sobre la familia y en cada ocasión he optado por cambiar de registro, según fuere más adecuado. Por ejemplo, para algunos recuerdos de niñez en “Mi Tío Nicomedes” usé el estilo narrativo; en cambio era ineludible un lenguaje estrictamente académico para el “Análisis de un poema de Nicomedes” –texto que pueden leer en internet–. Ahora, para un testimonio con matices intimistas y de un carácter singularmente maravilloso, he escogido la forma dialogada.

Escena primera (donde se habla de un pequeño baúl)

Una habitación de soltero, modesta; la cama estirada, a los pies una ruma de libros; una mesita con varios frascos de tempera, un vaso con plumas y pinceles de pelo de marta puestos hacia arriba. En la pared colgada una paleta de nogal, un afiche o almanaque (con un gran rostro pintado al estilo Springett y una espiga) indica que estamos como en 1960.

En el centro del cuarto, sentado en una silla, de cara al público, un joven negro de unos 16 años con cabello frondoso pese a ser casi lacio explora una guitarra, sostiene el mástil frente a sus ojos, la mira por un lado, la mira por el otro, finalmente con solo el dedo índice jala las cuerdas agudas, 1ª y 2ª a la vez.

stc

Texto completo aquí


Octavio Santa Cruz Urquieta 

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