Sábado, 15 Diciembre 2018

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La corrupción en América Latina… corrupción en sí misma

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Por Carlos O. López Schmidt.

clsSegún el diccionario de la Real Academia Española corrupción es la práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de las organizaciones, especialmente las públicas, en provecho económico o de otra índole, de sus gestores.

Según vemos, la corrupción desbordó el concepto de la RAE desde antes de ser definida.

No existen datos precisos sobre la aparición de la corrupción sobre la faz de la tierra. Si bien en un principio se pensaba que la corrupción solo se encontraba en las esferas públicas, en nuestra época esta atraviesa todos los estratos sociales. Según Mark Wolf[1] “existen distintas formas de corrupción que impactan en forma desigual en la vida de la gente común”. Podemos llamar corrupción “menor” aquella a la cual los ciudadanos de a pie nos enfrentamos a diario, esos pequeños actos en los cuales nos saltamos algunas reglas a cambio de la entrega de alguna prebenda o premio, por ejemplo, la propina  (coima, mordida, aceitada) al agente de la ley cuando cometemos una infracción de tránsito, la propina al funcionario público para que agilice nuestro trámite u obtener rápidamente resultados en los servicios públicos; intervenir ante algún amigo o conocido para que un amigo o pariente logre un trabajo, un contrato o cualquier otra situación que signifique una mejora económica o social aun existiendo otros con mejores calificaciones y/o condiciones que él para obtenerlo.

Según el mismo Wolf, también existe la “gran” corrupción, que resulta del abuso de un cargo por parte de funcionarios públicos o líderes de una nación para su beneficio privado, particular o el de una persona o grupo cercano a ellos.

Desde siempre nos han hecho creer que solo las denominadas “grandes corrupciones” dañan a los países… Las cifras nos demuestran que no es así.

El año 2015 noventa millones de latinoamericanos aceptaron haber pagado algún tipo de soborno… Según las Naciones Unidas cada año se paga en el planeta 1 billón de dólares en sobornos y cada año los países pierden 2,6 billones de dólares debido a la corrupción, más del 5% del Producto Interno Bruto mundial, con solo la mitad de esta suma se lograría sacar de la pobreza a muchas de las poblaciones vulnerables.

Pero, las “grandes corrupciones” son solo la punta del iceberg, con una ancha base de 2,6 billones de dólares anuales perdidos por todas las pequeñas corrupciones que cometemos a diario. Desde la familia, desde lo cotidiano, desde lo vecinal, cada día pequeñas acciones “corruptas” van alimentando esa “gran” corrupción. Somos nosotros, los ciudadanos de a pie, quienes brindamos los insumos para que este gran monstruo llamado corrupción devore día a día nuestros recursos, nuestras esperanzas, nuestro futuro y el de nuestros descendientes. Si en Venezuela, hoy el país más corrupto de América Latina sus ciudadanos se hubieran opuesto a las “pequeñas” desviaciones jurídicas de su líder Hugo Chávez, que protegían e impulsaban la corrupción, hoy sería otra la situación de este hermano país. Haití, Nicaragua y Guatemala son después de Venezuela quienes ocupan los puestos más altos del rating de la corrupción.[2] Casualmente, en estos países se encuentren las leyes más débiles en todos los niveles. Según Transparencia Internacional, Chile se encuentra entre los menos corruptos de América Latina, debido a que supo construir leyes fuertes, que castigan no solo los delitos de corrupción sino también todos los demás pequeños delitos. Es sumamente improbable en Chile cometer una infracción de tránsito y que el representante de la ley (Carabinero) la perdone a cambio de una “coima”, hecho común en Perú, Argentina, Colombia, México, y casi el resto de América Latina.

No existe país en el mundo en el que sus ciudadanos perciban que no hay corrupción. Canadá, según distintos organismos internacionales el mejor país del mundo para vivir, tiene, según sus propios ciudadanos, ocho puntos de corrupción sobre 100. Una cifra muy baja, pero… corrupción, al fin y al cabo.

En el hermano país de Colombia, la percepción de corrupción ha descendido en los últimos dos años -un punto por año- debido a que vienen implementando cambios sustanciales en sus leyes. En el Perú, la percepción ha disminuido ligeramente en los últimos meses debido al enjuiciamiento y hasta encarcelación de algunos “poderosos” envueltos en escándalos de corrupción (el expresidente Ollanta Humala y su esposa, 10 días de “prisión preliminar” para la lideresa de la mayor fuerza política del país Keyko Fujimori.[3] Al igual que en el Perú, en algunos países la percepción de corrupción ha disminuido debido al enjuiciamiento y persecución de los implicados en el caso “Odebrecht”, el mayor escándalo de América Latina, que ha involucrado a presidentes, expresidentes, candidatos presidenciales y funcionarios públicos, de (si solo nombramos países de habla hispana) Brasil, Colombia, Perú, República Dominicana, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Venezuela, entre los cuales habría repartido, según cifras aproximadas, 322 millones de dólares, si según los datos de las Naciones Unidas cada dólar pagado por la corrupción equivale a 2,6 dólares de pérdida, podemos asumir que solo  un caso de corrupción ha robado a los países mencionados casi 1000 millones de dólares en posibilidades de desarrollo, educación, salud, vivienda, mejores condiciones de vida para sus pobladores. Debemos entender que cada dólar que entrega la corrupción no contribuye a la mejoría del país sino de una determinada persona o grupo de personas, en cambio cada dólar que sale de ese país debido a la corrupción es sacado de los bolsillos y de las posibilidades de mejor calidad de vida de cada uno de sus ciudadanos.

Seamos claros, la corrupción -grande o pequeña- no solo  destruye la economía de un país sino también, y lo que es peor, la fe de sus ciudadanos, su moral, sus ansias de progreso, sus esperanzas en una vida mejor, les arranca su futuro. La corrupción distorsiona por igual la moral del niño que no ve recompensados sus esfuerzos con buenos puntajes, como al funcionario público que siente lo mismo. No es simple combatir ni acabar con ella, no es simple dejar de alimentarla desde lo cotidiano, porque nosotros, los latinoamericanos, nos sentimos y “somos los más vivos” cuando no pagamos en un transporte público o callamos cuando al comprar algo nos dan cambio de más; cuando llevamos regalos a los profesores de nuestros hijos para que les mejoren sus puntajes, cuando saboteamos a la o al compañero más capaz para lograr el ascenso que le corresponde. Para Wolf estas son “pequeñas” corrupciones, para mí, estas son las peores; porque son el caldo de cultivo, el alimento de las “grandes” corrupciones; porque si nosotros somos pequeños corruptos, con qué reserva moral podremos reclamarle luego a los grandes corruptos. Porque no hay ente, no hay monstruo que nazca grande, ni aún la corrupción, esta nace pequeña y va creciendo, cada vez crece más… Si nosotros, ciudadanos de a pie, cada día nos involucramos en pequeños sobornos: al empleado del municipio para pagar menos impuestos por nuestras viviendas; al empleado de la compañía eléctrica para que no nos corte el suministro por deuda; al agente de la ley para evitar nos levante una infracción; a un juez para que falle a nuestro favor en un pequeño conflicto… Cómo podemos reclamarle luego a ese mismo juez que -gracias a otro soborno- libere a un pedófilo. Si en nuestra vida cotidiana somos “pequeños” corruptos, cómo podemos reclamar leyes fuertes contra la corrupción.

No hay corrupciones grandes ni pequeñas del rango y de poco.

Al parecer, aplicando una regla de tres simple se puede “disminuir”[4] la corrupción. A más leyes fuertes, menor corrupción; a menor impunidad de los corruptos, menor corrupción; si los corruptos caen, la fe del pueblo en su futuro crece. Leyes fuertes que se cumplen, instituciones fuertes, independencia real de los poderes del Estado, ciudadanos informados y comprometidos, contribuyen y aseguran el equilibrio social y moral de una nación.

Solo acabando con las pequeñas corrupciones extirparemos de raíz las grandes. Podremos recuperar la dignidad y la fe en nuestra familia, en nuestros vecinos, en nuestras autoridades, en nuestros países. Solo así podremos lograr un futuro mejor para nosotros, nuestras familias, nuestros descendientes, nuestro país.

Tal vez esta democracia imperfecta ya terminó su etapa (sin haber cumplido jamás a cabalidad los objetivos para las que fue creada) y sea hora de cambiarla por un nuevo sistema que, conservando lo mejor de ella, sea capaz de devolver el poder real a las mayorías…

“Cuando adviertas que para producir necesitas obtener autorización de quienes no producen nada, cuando compruebes que el dinero fluye hacia quienes no trafican con bienes sino con favores, cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno por influencias más que por su trabajo, y que las leyes no te protegen contra ellos si no, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra ti; cuando descubras que la corrupción es recompensada y la honradez se convierte en un auto sacrificio, entonces podrás afirmar, sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.”[5]



[1] Juez de Estados Unidos que logró reconocimiento del gobierno y la prensa por haber supervisado diversos casos de corrupción en el distrito de Massachusetts.

[2] Transparencia Internacional “Informe anual global sobre la percepción de corrupción del sector público. 2018. Perú ocupa el puesto 37 en corrupción entre una lista de 180 países.

[3] Al momento de ser escrito este artículo aún no se conocen los resultados sobre el pedido de prisión preventiva para Keyko Fujimori.

[4]  Entrecomillo disminuir porque parece imposible acabar con ella, ni en países donde la corrupción puede conllevar la pena de muerte, como en China; ni en países con alto grado de desarrollo económico, social y legislativo, como Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia y el propio Canadá, “el mejor país del mundo para vivir”.

[5] Escritora estadounidense (nacida rusa) Alissa Zinovievna, seudónimo Ayn Rand. 1905-1982. 

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