Viernes, 17 Septiembre 2021

logo para cedet                                            Año 2021. Edición N° 15 / Registro ISSN-L: 2709-8079

TEMA En memoria de Carlos Velarde Reyes (Cito). A cinco años de su partida. Sus documentos de trabajo y opiniones que guardan vigencia

COLUMNISTAS

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[EDITORIAL] La generación bicentenario y la crisis de representación

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Hace semanas vivimos en el Perú momentos aciagos. Jóvenes, acusados injustamente de displicentes y frívolos, habitaron el espacio público de las principales avenidas del país, para manifestarse contra una vacancia que les parecía excesiva. Así pasaron de ser la generación tik tok a la generación bicentenario. Esta generación que nació en democracia, no estaba dispuesta a perderla.

Ahora bien, esta juventud que no tiene miedo a luchar por la democracia, no se siente representada por la clase política. Es decir, no tiene referentes visibles y no le gustan los partidos políticos. La duda que tenemos es: ¿esto es un problema de los representantes o de la representación en sí misma? La evidencia histórica nos ha demostrado que no hay democracia sin partidos políticos y no hay República sin representatividad. Es material y físicamente imposible que todos participemos en política las 24 horas del día y los 365 días del año. Por esa razón, designamos otros ciudadanos a que se dediquen a representarnos mientras cada uno de nosotros realiza sus anhelos individuales, familiares, profesionales, etc.

El peligro sería que los partidos políticos y la representación democrática causen aversión en los jóvenes, creyendo que la coyuntural participación en una manifestación puede convertirse en forma de gobierno. Los partidos políticos sintetizan la energía social, agrupan principios y forman liderazgos, son aquellos que se encargan de representarnos en los espacios en los que no podemos estar presentes. Las redes sociales probablemente impongan en los jóvenes, la sensación ficticia de que se puede estar en muchos lugares a la vez, con lo que podríamos prescindir de esa representación. El vértigo, la aceleración y la rapidez con la que acceden a bienes y servicios con los celulares, hacen que tengan una experiencia del tiempo y del espacio, diferentes a la que los cambios estructurales necesitan. Allí, tiene que interceder las otras generaciones que no deben dejar solos en los jóvenes la responsabilidad de poner el cuerpo en las calles y de luchar por defender la democracia y la República. 

Por último, habría que decir que el debate entre una nueva constitución o una reforma de la misma, debe ser lo más amplio y participativo posible, para que no se imponga el humor social de una contingencia sobre una mirada panorámica y a largo plazo. Una nueva constitución le puede cambiar el nombre al país, redefinir el periodo presidencial, crear nuevos poderes y cambiar la estructura político administrativa del Estado. Eso se debe hacer mirando a los desafíos que el siglo XXI exige a países periféricos como Perú y no mirando exclusivamente la coyuntura actual. El mundo porvenir, en el que la asepsia digital, la robótica y la inteligencia artificial es el orden del día en el mundo, presenta retos gigantescos para países en los que aún se están luchando por derechos laborales del siglo pasado. La fijación de los latinoamericanos por refundar la República permanentemente puede ser un peligro. La reforma, aunque es menos épica, podría reflejar el camino para retratar de forma más genuina los ajustes que necesitamos para insertarnos en el sistema global. Ambas son opciones legítimas, por eso no se deben desestimar ni una ni otra.

Desde D’Cimarron exhortamos a que se haga un gran debate nacional, abierto, plural, democrático e inclusivo sobre la constituyente o la reforma constitucional para que definamos el Perú de los próximo cincuenta años. Porque sea cual fuere la opción, la generación bicentenario demostró que el cambio es ineludible. 

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