Viernes, 14 Mayo 2021

logo para cedet                                            Año 2021. Edición N° 15 / Registro ISSN-L: 2709-8079

TEMA En memoria de Carlos Velarde Reyes (Cito). A cinco años de su partida. Sus documentos de trabajo y opiniones que guardan vigencia

COLUMNISTAS

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La “africanidad” en los Santa Cruz

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Una manera de exorcizar a la invisibilización

Por Octavio Santa Cruz (Perú)

Desde mi lejana infancia, en los años cincuenta, supe de personas con piel negra cuya presencia espectacular en el deporte y la música parecía ocurrir de manera natural tanto a nivel nacional como internacional… Louis Armstrong, Bola de nieve, Mauro Mina, Celia Cruz, Los Globbetrotters.

Y acerca de ese tópico que llamó mi atención, décadas más tarde, en el encuentro de “Jornadas Andinas de Literatura Latinoamericana”, en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, participé con una ponencia que ha sido publicada en “Memorias de Jalla” (Lima, Perú, 2004)  y que luego he incluido en el libro “Mi tío Nicomedes”. Allí menciono algunos casos de un tipo específico de participación en la Lima de mitad de siglo XX.

Citaré brevemente:

“…el panalivio más conocido es “A la Molina”. Este tema es atribuido a Francisco Ballesteros, quien lo habría reconstruido dirigiendo un trabajo de equipo y por encargo en los años cuarenta. Se inicia con una arenga intraducible

/ ba, babababababá, ba, para patiripá, camurengue /

“…Juan Criado –el arquero cantor–, desde inicios de los cincuenta lucía gozosamente una  glosolalia africanoide que al parecer en su momento nadie se tomó el trabajo de traducir o cuestionar ya que más bien la generalidad del público la aceptaba amablemente como una reminiscencia o aproximación a arcaicas y perdidas lenguas:

¡Alafia musalé! Guangalé / tomba yayita / ¡Masé, malá!...”

“…en 1958 escuchábamos expresiones parecidas en el festejo “Mamá Ñangué” de don Julio Morales San Martín, en el disco de vinilo ‘Grandes Exitos de Irma y Oswaldo’:

/ Bien me dijo mi niño, pa’re / bien me dijo mi niña, ma’re /

Y arentro un pie, cortar y matar / quirrichí quichi chí, cututá cututá /…”

En estos ejemplos –casi los únicos–, hasta entrado el siglo XX notamos que, si bien subyace la añoranza de una minoría étnica por alguna olvidada lengua ancestral, su imprecisión afroide los tipifica más bien como producto de una imaginación creativa en el área del entretenimiento, la música y más propiamente, la fantasía.  

Siendo que el negro en el Perú perdió rápida y definitivamente no solo su idioma, sino su religión, sus costumbres y hasta todo vínculo con la tierra de origen, es de entender que el recoger elementos africanos genuinos dentro del mestizaje afroperuano hubiera de resultar una tarea indiscernible. En estos casos por tanto lo que resuena es tan solo la intuición de tal atribución,

El tema que acá nos convoca es que empezando la segunda mitad del siglo XX vimos aparecer algunas novedades desde el escenario limeño. Sobre todo, una canción en la cual las palabras –en realidad africanas– tampoco nos llegan a través de tradición o herencia alguna, pero su inclusión dentro nuestro discurso tiene, sin embargo, esta vez, la validez de lo desconocido, de aquello aún por completar, del vacío por llenar; su razón de ser fue generar una interrogante y está ligada por tanto a su momento histórico, aunque no a otro momento. No tendría sentido repetirla hoy como propuesta.

Me estoy refiriendo al tema musical –dentro de un espectáculo teatral– donde el relato en forma de antífona está presentado por el canto de una madre, en voz solista y en castellano, que es respondido por un coro.

"Mi dios, mi Zanahary.
Kuakú Baboní: niño malo.
Amadú, tú no lo quiere a los brujos,
Amadú, tú no lo quiere a los brujos
Si sana mi Baboni,
mi Zanahary, te regalo
una tortola y un gallo..."

Texto completo aquí

 

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