Viernes, 14 Mayo 2021

logo para cedet                                            Año 2021. Edición N° 15 / Registro ISSN-L: 2709-8079

TEMA En memoria de Carlos Velarde Reyes (Cito). A cinco años de su partida. Sus documentos de trabajo y opiniones que guardan vigencia

COLUMNISTAS

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Problemas de la Iglesia ante la unión civil

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  1. El uso del término matrimonio.

Si bien el matrimonio es un contrato inter pares, para la Iglesia Católica es un Sacramento. “signos y medios con los que se expresa y fortalece la fe, se rinde culto a Dios y se realiza la santificación de los hombres” (c.840) con la cualidad especial de haber sido instituidos por Cristo y encomendados a la Iglesia.

  1. La posibilidad de adoptar

La adopción no es establecida por leyes eclesiásticas, sino por el derecho civil. “Los hijos que han sido adoptados de conformidad con el derecho civil, se consideran hijos de aquel o aquellos que los adoptaron”. (c.110) Por tanto si la unión civil puede adoptar válidamente, y si se acepta que la pareja, del mismo sexo, son padres con equivalente derecho, la Iglesia los tiene que considerar hijos. Es decir no podría negar la filiación de ninguno de los dos, porque la adopción se hace de conformidad al derecho civil.

  1. El rompimiento del rol simbólico de la familia con la Iglesia.

La tradición eclesiástica es patrística, no en el sentido de la historia del pensamiento cristiano, sino en la organización y sentido teológico de la organización. Es originada desde la visión patriarcal que tiene la tradición judía: la tribu estaba dirigida por un patriarca, que ejerce toda la autoridad, con bondad y justicia, pero sin dudas ni murmuraciones, porque esa autoridad proviene de Dios, que quiere que su pueblo, camine por las sendas correctas, iluminando el entendimiento de los patriarcas. Un modelo no patriarcal de matrimonio, un modelo en el que el papel de la cabeza de la familia no sea visible, hace que el símolo y mensaje de la patriarcalidad de la Iglesia sea menos evidente, el mensaje sea menos transmisible.

La Iglesia, oficialmente, debe oponerse a la unión civil, precisamente porque en la esencia de la teología eclesial está el matrimonio como símbolo. La iglesia es como una gran familia creada a imagen y semejanza del modelo familiar clásico, desprenderse de ese modelo significaría mucho de inestabilidad, y la posición de la iglesia oficial es salvar la estabilidad para cuidar el patrimonio.

¿Qué pasa con la teología del padre?. Solo un ejemplo. Cuando Jesús dice Padre, no lo dice al modo del común de los judíos que se refieren al padre como el padre común, el patriarca de la tribu, el anciano. Jesús usa el término afectivo de Abba, que simboliza esa relación tan cercana a Dios, esa filiación directa, a partir de la cual entendemos la segunda persona de la santísima trinidad: el Padre y el Hijo. Nosotros, seres de carne y hueso, nacidos de madre con pecado original y padre cien por ciento humano, también hablamos del padre Dios, pero como patriarca, como el padre de la tribu. Jesús nos incorpora a su propia filiación como hijos adoptivos, no a la de patriarca, sino a la de hijos de Dios verdadero, de hijos en el Hijo. De auténticos Hijos de Dios, adoptados por la sangre de Cristo (adquiridos). Esta visión teológica perdería el elemento simbólico, el que le da la capacidad de representación: la figura paterna.

Pero sucede que la teología del padre tiene que evolucionar hacia el contenido más profundo y real, es decir se tiene que ir develando el misterio, y la evolución de la vida permite develar ese misterio cada vez más. No es importante que dios sea Padre, o Madre, lo importante es que su amor es tan grande que es análogo al del padre. Su función de creador es el del padre de la tribu, que es el más preocupado por el bienestar de toda la tribu, y lo es, no porque se le elija para ello (por eso no valdría la imagen de presidente que es autoridad temporal) sino porque se lo obliga la fuerza de su compromiso de sangre, la herencia transmitida por ascendencia y descendencia. Hoy esa figura es superada por el conocimiento de la maravilla de la naturaleza, tan inmensa que rebasa nuestra capacidad de comprensión, y ante la cual nos sentimos tan pequeños, que descubrimos que hay un dios generosos que dio origen a todo esto. Ese Dios cósmico, el que presenta Teilhard de Chardin, es, de alguna manera, la imagen que reemplaza al viejo patriarca, inexistente ya en la actualidad, y de poca fuerza simbólica.

Si la Iglesia sufre ante cambios sociales tan naturales, es porque es una Iglesia que no está abierta al cambio, que cuida demasiado de la tradición, de la práctica repetitiva que la vuelve religión y no revelación. Eso muestra una Iglesia poco abierta al Espíritu Santo, al cambio, a los signos de los tiempos.

No creo que la Iglesia formal cambie tan radicalmente en el corto plazo, pero va a tener que hacerlo. No creo que sea motivo para alejarme de la Iglesia, ni para que me alejen. Pero esto es motivo de otra reflexión.

El conflictuado aborto. El Concebido y la voluntad creadora

Así como la persona humana, colectivamente entendida, es producto de la voluntad de Dios, es también parte fundamental del proyecto divino. La persona individual, también lo es, pero desde la participación creativa de los padres. Es la realización del mandato divino: crecer, multiplicarse y poblar la tierra. Este mandato solo puede ser realizado en un ámbito de perfecta libertad, ya que al igual que la creación es obra de la voluntad de dios, la concepción es obra de la voluntad de los padres. De ninguna manera es equivalente al mecanismo animal de la reproducción, no por la situación biológica, sino por la concepción teológica. Concebimos como fruto de la voluntad y el entendimiento, como ejercicio de la madurez personal, y en esa concepción participamos de la voluntad creadora de Dios. Si fuésemos estrictos el óvulo fecundado que no es fruto de la voluntad creadora responsable no ha sido concebido. Sólo se sería concebido por perfecta voluntad.

Por supuesto que esta es una interpretación equívoca, ya que la constitución no utiliza esta acepción de la concepción como origen del sustantivo para el óvulo fecundado. Sin embargo usa la palabra concebido y no óvulo fecundado que aporta una distinción de índole filosófico ética: la existencia de persona.

Tan importante es la concepción, término muy eclesial, que la Virgen María es "sin pecado concebida", y que le da una característica muy especial al verbo concebir: si la virgen no es concebida con pecado, el resto de los mortales somos concebidos con pecado, que es referido (lamentablemente) a la relación sexual (pecaminosa aun con amor). No interesa la tremenda aberración antropológica de ligar relación sexual a pecado, sino el uso de concebir ligado al acto sexual previo a la implantación, la anidación, la fecundación. La concepción es, por tanto, un producto de la voluntad para la teología tradicional y es origen del término concebido, incluido en la constitución.

Por tanto, el concebido es una categoría de índole relacional, ligado a la voluntad de los progenitores. Si esa voluntad está incompleta, o no existe, no podría atribuirse este término a ningún óvulo fecundado.

La aceptación última de la concepción pertenece a la dueña del cuerpo que aloja el ovulo, si lo acepta completa la voluntad de concebir, es concebido.

¿La sociedad puede reemplazar la voluntad de la madre para justificar la concepción?. Es una pregunta que habrá que evaluar, lo que es importante afirmar es que esta voluntad es por cada óvulo fecundado o en proceso, no por la totalidad de posibilidades. El proyecto es para formar persona.

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